Martín llegó un viernes con la llave en el bolsillo y la intención de no quedarse más de dos días. La casa llevaba seis meses cerrada, desde el funeral, y él había postergado el viaje con la misma displicencia con que postergaba todo lo que tuviera que ver con su padre. Traía el número de un corredor de bienes raíces y una cinta métrica que no iba a usar.

La cerradura cedió con el mismo truco de siempre: empujar la puerta con el hombro mientras se giraba la llave hacia la izquierda. Martín pensó que ese gesto era lo primero que había aprendido de su padre, antes que amarrarse los zapatos. Adentro olía a polvo y a algo más, un tufo de cal vieja, que no recordaba. El mosaico rojo y blanco del piso llevaba ahí desde antes de que Martín naciera. Su padre se negaba a cambiarlo porque, según él, las cosas que duran no se tocan.

Recorrió las habitaciones tasando. Todo tenía un precio. La sala con los muebles cubiertos de sábanas. El cuarto de atrás donde su padre dormía los últimos años porque ya no podía subir las escaleras. El baño con el espejo manchado de sarro y la navaja de Aurelio todavía en el estante. Martín recordó la espuma de afeitar, el ángulo de la hoja, el golpe seco contra el borde del lavabo. Cada mañana igual. El patio, con el naranjo que su padre podaba cada febrero y que ahora estaba cargado y sin recoger. Los huaraches de Aurelio seguían junto a la puerta trasera, gastados del lado izquierdo. Martín los vio y pasó de largo.

Abrió ventanas. Sacudió algo. Se sentó.

Fue entonces cuando tocaron.

Doña Consuelo estaba en el umbral con un plato cubierto por un trapo. Era más vieja de lo que Martín recordaba, lo cual era lógico, pero la impresión pesaba. Se había vuelto vieja de un modo definitivo, sin grados intermedios.

—Aurelio —dijo, y le extendió el plato—. Mire, le traje estito.

—Soy Martín, doña Consuelo. El hijo.

Ella achicó los ojos. Lo miró despacio, apretando los párpados hasta que la cara le cupo en el enfoque.

—Ay, pos sí, muchacho. Es que eres igualito a tu apá —y luego, sin transición—. ¿Ya comió o no ha comido?

Martín aceptó el plato. Eran enchiladas. Se sentaron en la sala, ella en el sillón de su padre, y empezó a hablar. Hablaba de Aurelio en un tiempo verbal incierto, a veces presente, a veces pasado. La muerte de Aurelio no alteraba el hilo. Contó que el gato seguía yendo a su patio, que ella le ponía su aguita, que a veces se quedaba dormido en la silla de afuera igualito que cuando Aurelio vivía. Contó que la puerta del zaguán se había hinchado con las lluvias y que don Roque, el carpintero, ya andaba muy acabado pa’ andar arreglando nada. Contó todo esto con los ojos fijos en él, la cabeza ladeada, tratando de acomodar lo que veía con lo que recordaba.

Cuando se fue, Martín se quedó con el plato vacío en las manos y un peso prestado que no traía al llegar.

Al día siguiente salió temprano a medir el frente de la casa para el corredor. Llevaba la cinta métrica extendida contra el muro cuando oyó su nombre. No su nombre: el otro.

—¡Aurelio! ¿Qué anda haciendo ahí afuera a estas horas?

Don Hilario estaba en la puerta de enfrente, en camiseta, con un café en la mano. Tenía los ojos velados. Cataratas, quizá.

—Soy Martín, don Hilario.

—Pos ya sé, ya sé. Órale, pásele pa’ ca.

Martín cruzó la calle. La casa de don Hilario olía a café de olla y a periódico viejo. Se sentaron en una mesa de plástico junto a la ventana y don Hilario empezó a hablar sin que nadie le preguntara.

—Tu apá y yo pusimos la barda del fondo. ¿Te acuerdas? Jue el año de la sequía, antes de que tú nacieras. Bueno, antes de que tu amá se aliviara de ti. No. Jue después. Pos da igual. El punto es que Aurelio no sabía pegar tabique y yo menos, pero los dos le hicimos como que sí, y la barda salió chueca. La barda sigue ai, ¿la has visto? Chueca como el primer día. Tu apá decía que una barda chueca protege igual que una derecha, nomás que con más carácter.

Martín no lo corrigió. No supo bien por qué. Tal vez fue el café, o la luz de la mañana en la ventana polvosa.

—También nos robamos una sandía una vez. De la huerta de don Pioquinto, ¿te acuerdas de don Pioquinto? Teníamos qué, ¿veinte años? Veintiuno. Nos la comimos atrás de la iglesia, ai mero onde está el mezquite grande, con las puras manos, sin cuchillo ni nada. Aurelio se enbatijó toda la camisa. Me dijo: «Si alguien pregunta, dile que me apuñalaron». Ansí era él. Siempre con la respuesta lista.

Don Hilario se rió. Una risa seca, sin aliento, medio tos. Martín sonrió también. Su padre joven, con jugo de sandía en la camisa, inventando una puñalada. No era un padre que él hubiera conocido.

—Una vez, ¿cuándo jue?, creo que el año que se inundó la plaza, tu apá se trepó al techo de la presidencia a bajar la bandera antes de que se la llevara el agua. Nadie se lo pidió. Subió por la parte de atrás, por onde están las escaleras de servicio, y cuando llegó arriba se resbaló y se agarró del asta con las dos manos. Se quedó colgado un rato, con las patas al aire, y la gente abajo pegándole de gritos. Él también gritaba, pero de la risa. Cuando logró bajar traía las palmas en carne viva. Dijo que la bandera no valía la pena pero que la vista desde arriba sí.

—Tú te pareces re harto —dijo don Hilario al cabo de un silencio—. No nomás en la cara. En cómo te paras. En cómo escuchas sin decir nada.

Martín se terminó el café y volvió a la casa con la cinta métrica enrollada en el puño, sin haber medido nada. Guardó la cinta en el bolsillo de atrás y no la volvió a sacar.

Esa tarde vino doña Lupe. Tocó a la puerta con los nudillos, un golpe suave, casi un rasguño. Martín abrió y ella le revisó la cara entera antes de hablar.

—Me dijeron que andaba por acá —dijo. No dijo su nombre. No dijo «Aurelio.» Se quedó en un espacio intermedio, deliberado.

Pasó a la sala. Era más joven que los otros, quizá setenta, y se movía con una precisión que los demás habían perdido. Se sentó derecha, con las manos juntas sobre las rodillas. Verificó que todo seguía en su sitio: las sábanas sobre los muebles, el polvo en el trinchador, la foto de la boda de Aurelio y Carmela sobre el aparador. A la foto le dedicó un instante más largo. Luego volvió la vista a Martín.

—Vine porque quiero que sepa algo. Antes de que venda.

Martín esperó.

—Su apá y yo fuimos algo. No sé ni cómo se le diga. No fue un romance, porque esa palabra le hubiera dado risa a él. Fue una costumbre. Duramos años. Los jueves se venía a cenar a mi casa y después se quedaba un rato. A veces una hora, a veces más. Su amá lo sabía, creo. O por lo menos sabía algo. Nunca dijo nada. Él tampoco. Yo tampoco le pregunté.

Lo dijo plano, sin inflexión, sin pedir nada con la voz. Martín la miró y trató de sentir indignación, sorpresa, la urgencia de defender a su madre muerta. Encontró curiosidad. Nada más.

—No le estoy pidiendo nada —continuó doña Lupe—. Ni perdón ni que me entienda. Le estoy contando algo que pasó, pa’ que cuando cierre esta puerta sepa tantito más de lo que está cerrando.

Martín asintió. No dijo «soy Martín.» No hizo falta.

Se levantó para irse. En la puerta se detuvo y lo miró una última vez.

—Tiene las manos de él —dijo, y salió.

Martín se miró las manos. Las abrió y las cerró. No sabía si era cierto. Nunca se había fijado en las manos de su padre.

Se quedó en la sala a oscuras. No prendió la luz.

Esa noche durmió en el cuarto de abajo, en la cama de su padre. Ya era tarde y no quería manejar de regreso al hotel. La almohada conservaba una forma, hundida del lado izquierdo, y Martín puso la cabeza ahí. Durmió sin soñar.

A la mañana siguiente llamó al corredor y le dijo que iba a necesitar otra semana. No explicó por qué. Se vistió, se lavó la cara en el lavabo donde su padre se lavaba la cara, y salió a la calle.

Don Hilario lo saludó desde la puerta.

—¿Quiere café?

—Sí —dijo Martín.

Se sentó en la misma silla. Tomó del mismo jarro. Escuchó otra historia que no era suya, y cuando don Hilario dijo «te acuerdas,» Martín dijo «sí, me acuerdo.»

Al tercer día dejó de contar. Pasó por la casa de doña Consuelo y se sentó sin que ella lo invitara. Fue a la tienda y la señora del mostrador le cobró «lo de siempre» y él pagó sin preguntar qué era. Podó el naranjo —con la misma tijera, guardada en el mismo clavo— y metió las naranjas en una bolsa que dejó en la puerta de doña Lupe sin tocar.

No vendió la casa esa semana. Tampoco la siguiente.

El corredor le mandó un mensaje: «¿Entonces qué? ¿La ponemos en venta?» Martín leyó el mensaje, cerró el teléfono y salió al patio a regar el naranjo.

Imagen tomada del perfil de Pinterest de Gonçalo Garcia.

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